viernes, 3 de octubre de 2014

Ruth Benzacar: Humildad y omnipotencia (1965-1982)

Por Victoria Verlichak

El oficio de galerista la elige a Ruth Benzacar. Los orígenes de la ahora reconocida galería comienzan cuando, apretada por la necesidad, Ruth decide vender algunas obras de arte argentino que colecciona junto con su marido Samuel. Así, a los 32 años Ruth se lanza a una aventura imprevisible. Pronto se da cuenta que lo suyo no era vender lo propio, sino incorporarse a un negocio en donde tiene todo por aprender. A tal efecto, habilita el living y los pasillos (hasta los dormitorios de sus hijos Orly y Ariel, en donde ubica los depósitos de cuadros), el patio y la maravillosa terraza de la vivienda de la calle Valle.

Primero vienen los amigos y los buenos conocidos, luego los amigos de los amigos. El círculo se hace cada vez más grande. Ruth y los artistas no saben que están haciendo historia. En la década del sesenta nadie anda con una cámara de fotos a cuestas todo el día. Faltan las imágenes de las charlas que Roberto Aizenberg, Juan Battle Planas, Juan Carlos Castagnino, Ernesto Deira, Jorge de la Vega, entre otros, dan en la casa de la familia Benzacar cuando presentan una obra, frente a unos gozosos asistentes que también disfrutan de sabrosas comidas orientales que cocinan Ruth y su madre. Sí están las fotos de Antonio Berni junto a una pantalla donde pasa diapositivas de su trabajo, en la sala tapizada de cuadros de otros artistas.





Según cuentan
los jóvenes matrimonios de profesionales, comerciantes y pequeños industriales que van a esas veladas caseras, en realidad, su casa se convierte en un pequeño centro cultural, donde se discute sobre política y literatura, donde también se ofrecen espectáculos musicales. Su inusual gestión concreta ventas y reúne a artistas, críticos, escritores, músicos y un mundo que gira en torno al Instituto Torcuato Di Tella.

Luego de los primeros años de trabajo durante los cuales toma conciencia de la dimensión de su emprendimiento, Ruth sueña un papel para sí, se arma un programa y lucha por cumplirlo. Comienza a sistematizar sus estudios de historia del arte y sostiene charlas con los artistas, con Jorge Romero Brest, Manuel Mugica Láinez, que frecuentan su casa. Aprende que el sistema de producción, circulación y comercialización del arte debe girar alrededor de cinco ejes igualmente válidos: el artista, el crítico o curador, la institución, el galerista, el coleccionista.
Intuitiva, comprende la importancia de los medios de comunicación masiva donde, con su presencia de manera consistente desde 1967 y con su discurso cada vez más rico, contribuye a difundir el arte argentino. Cuando en 1969 es nombrada directora artística de la Fundación Banco Mercantil Argentino realiza una eficaz tarea, coloreada por sus lecturas, su amor al arte, su aproximación a la música, su breve paso por la universidad y su pasión por el riesgo. Tras esa experiencia en la Fundación, donde realiza varias exposiciones con Battle Planas, Aizenberg, Nojechowicz, Forte, C. Alonso, Ruth se convence que la galería Benzac Art de Caballito -desde donde también invita a “tomar un café”- tiene que comenzar a cambiar.


Con la actitud entusiasta y desafiante de siempre, en 1975 se muda a Talcahuano 1216, un señorial edificio clásico de los años treinta. Su nuevo domicilio es una elegante vivienda en donde realiza exhibiciones silenciosas; es que debe respetar a sus vecinos. Sin embargo, las muestras tampoco son tan sigilosas. Tras su estreno, la repercusión en la prensa es inmediata; “un gran piso para un solo pintor” titulan la individual de Jorge Kleiman en 1976.

Ruth ya tiene una mirada más entrenada y refinada y es en Talcahuano donde se profesionaliza. Con entusiasmos y errores, entre 1975 y 1982, presenta cerca de treinta individuales y colectivas en la galería: Carlos Arnaiz, Eduardo Audivert, Líbero Badii, Jacques Bedel, Luis F. Benedit, Mildred Burton, Juana Butler, José Cáceres, Américo Castilla, Juan Carlos Distéfano, Mercedes Esteves, Raquel Forner, Noemí Gerstein, Claudio Girola, Norberto Gómez, María Juana Heras Velasco, Alberto Heredia, Enio Iommi, Ezequiel Linares, Lea Lublin, Florencio Méndez Casariego, Gabriel Messil, Aldo Paparella, Alfredo Portillos, Emilio Renart, Antonio Seguí, Oscar Smoje, Clorindo Testa, Enrique Torroja, Ileana Vegezzi, entre otros.

También organiza muestras en otros espacios como la de Antonio Abreu Bastos en la galería Chagall, el homenaje a Battle Planas en el Museo Nacional de Bellas Artes o la de Alejandro Puente en el Jockey Club, tanto en Buenos Aires, como en Tucumán, Pinamar o Nueva York.

Ruth nunca descarta las transacciones de piezas vinculadas con la modernidad y la tradición, aunque, a partir de la década del setenta, Benzacar resuelve trabajar con el arte contemporáneo de la Argentina. En ese sentido, en los años de Talcahuano, Ruth vende magníficas obras de Joaquín Torres-García, Alfredo Guttero, Rafael Barradas, Pedro Figari, Ernesto de la Cárcova, César Bernaldo de Quirós.

Con una mezcla de humildad y omnipotencia, Ruth apuesta a convertir a todos los coleccionistas en conocedores de las propuestas actuales, que incorporan estéticas heterogéneas y el uso irrestricto de la reinante libertad intelectual.

La tarea no es pequeña. El arte es un fenómeno que se intercambia a precios a veces incomprensibles, entre los que deciden y quieren disfrutarlo. Pero en el caso del arte contemporáneo, los mecanismos de validación del arte son aún más intangibles como lo es el monto de su cotización. En ese sentido, Ruth sabe que tiene que enfrentar el temor a lo desconocido de los coleccionistas tradicionales, el desconocimiento de lo argentino en la arena internacional y, por supuesto, los vaivenes de la siempre cambiante economía local.

Para Ruth su galería, su negocio, su familia, es todo uno. Desde el comienzo no hay separación entre una cosa y otra.